
Me intentaron enseñar a sentir el placer que me proporcionaba algo concreto y reproducir esa sensación dejándola exenta de la propia causa. A centrarme solo en la emoción.
Intentaron enseñarme a controlar los pensamientos negativos, sin negarlos pero sí dándoles un plazo: hasta aquí, ahora a otra cosa.
También intentaron enseñarme a controlar las emociones positivas disfrutando del momento de euforia pero siendo muy consciente de que iba a ser eso, un momento. Un momento que se debe disfrutar.
Digo intentaron, sí. Porque no es tarea fácil aunque sí posible.
Digo intentaron porque muchas veces me olvido. Muchas otras no, algo debí aprender.
Creo, sin haberle puesto nombre, que algo de eso ya sabía. Por ejemplo, siempre me he emocionado con algunas cosas solo imaginándome que las estaba haciendo: un viaje, una cita, un plan... cosas que, al menos a corto plazo, no iban a concretarse. Y muchas veces he pensado que quizás este disfrute platónico no era más que una excusa, una muleta, un placebo del que no debía sentirme especialmente orgullosa y mucho menos abusar.
Ahora leo que a esto se le llama bioinformación y postula que a nuestro sistema límbico, que es quién dirige nuestras emociones, le da igual imaginado que real. De manera que modelando pensamientos podemos sosegar y encauzar nuestras emociones para sentir bienestar y que, evidentemente, eso repercutirá con beneficio positivo para sentirnos tranquilos y que las cosas negativas nos afecten lo menos posible en nuestra vida cotidiana.
Moraleja: soñar despiert@ alimenta la ilusión.
¡Qué emoción!
¡Qué emoción!