Algunos días
no viene el ruiseñor;
otros, dos veces
Takai Kitô
Claro, ante esta perspectiva de poderse ganar la vida montando un negocio rentable y adaptado a la situación de crisis en la que estamos estancados, y ahogados, por esa irrisoria (y no es por menospreciar los 100 euros, que 100 euros son 100 euros....) cifra, es difícil resistirse a la tentación de, al menos, curiosear.
Las lucecitas que tengo instaladas permanentemente en mi balcón me recuerdan que estamos en navidad y me invade cierto espíritu navideño que me reconforta.
Por suerte mi cometido no es solucionarles los problemas. Se diría que mi cometido es enseñarles a restaurar. Pero me doy cuenta de que mi compromiso va un poco más allá de que aprendan a coger una muñeca y barnicen, o un papel de lija y pulan, o un pincel y pinten; trato de que disfruten de lo que están haciendo, que lo disfruten desde los cinco sentidos. Que huelan las ceras, que acaricien las superficies, que vean los matices, que escuchen la melodía del roce de la muñeca empapada en barniz, y que al final, les den ganas de comerse la pieza.
No el olor, el olor no. El olor es personal e intransferible, o al menos la percepción que tenemos de él, por su capacidad de remontarnos a ese otro momento de nuestra vida que se nos re-presenta como un cóctel de emociones en el que los ingredientes de tiempo y espacio han perdido su protagonismo y que por unos segundos nos trasladan a un lugar que solo existe en nuestro corazón.